24 mayo 2016

Flipando con Liszt y flipando a Liszt...¡con una nota!

Persevere, se lo aseguro, tiene talento; y no se deje intimidar.”

Esas palabras de apoyo pronunciadas por Franz Liszt, una de las mayores figuras del momento, significaron un importante espaldarazo para un joven músico que comenzaba una prometedora carrera.

Corría el año 1869 cuando el compositor noruego Edvard Grieg, que por entonces contaba 26 años, viajó a Roma para encontrarse con Liszt. En un par de misivas dirigidas a sus padres a comienzos de 1870 el propio Grieg relata la profunda impresión que le causó el ya por entonces ordenado Abbé Liszt. En una primera visita Grieg mostró su Segunda sonata para violín y piano y el Minueto de su Humoresque, pero además no desaprovechó la ocasión de escuchar al gran virtuoso del piano.

“Tras tocar el minueto sentía que si era posible conseguir que Liszt tocase para mí, ahora era el momento; estaba visiblemente inspirado. Le pregunté y encogió los hombros ligeramente; pero cuando le comenté que no podía ser su intención que yo dejase el sur sin haberle oído una sola nota, se giró y musitó: ´Muy bien, tocaré lo que desee, yo no soy así´; y de inmediato tomó una especie de marcha fúnebre a la tumba de Tasso, un suplemento a su famoso poema sinfónico para orquesta Tasso: Lamento e trionfo. Luego se sentó y puso las teclas en movimiento. Sí, os aseguro que descargó, si me permitís usar una expresión tan poco elegante, un torrente tras otro de calor y llamas y vívidas ideas. […] No sabía que admirar más en él, el compositor o el pianista, ya que tocaba magníficamente. No, realmente no toca; uno olvida que es un músico, se convierte en un profeta proclamando el Juicio Final hasta que todos los espíritus del universo vibran bajo sus dedos. Se introduce en los recovecos más profundos de la mente y remueve lo más profundo del alma con una fuerza demoníaca”.
Tras esta interpretación volvieron a la sonata de violín de Grieg, que Liszt leyó al piano tocando las partes de ambos instrumentos, con la dificultad añadida de que la parte de violín se cruzaba con frecuencia con la mano derecha del piano. Grieg se quedó profundamente impresionado:

“Estaba literalmente sobre todo el piano a un tiempo, sin fallar una nota, ¡y cómo tocaba! Con grandiosidad, belleza, genio, comprensión única. Creó que reí, reí como un idiota. Y cuando balbuceé unas palabras elogiosas, murmuró: “supongo que es de esperar que sea capaz de tocar a vista, puesto que soy un viejo músico experimentado”.
Pese a la admiración con la que Grieg relata este primer encuentro con el venerado maestro lo mejor aún estaba por llegar. Unos días después volvieron a reunirse, esta vez acompañados por los pianistas Winding y Sgambati, y un Lisztiano [sic] alemán, que acudieron probablemente sin saber que asistirían a una proeza inaudita. Grieg se presentó esta cita con el manuscrito de su concierto para piano. Teniendo en cuenta el precedente de la anterior visita a Liszt, Grieg y Winding estaban ansiosos por saber si Liszt sería capaz de tocar el concierto a primera vista, algo que Grieg consideraba imposible.







A su llegada al encuentro Liszt preguntó a Grieg si iba a tocar, pero este se excusó diciendo que no podría hacerlo ya que nunca lo había estudiado. En ese momento, según nos cuenta Grieg, Liszt tomó el manuscrito, fue al piano y dijo con su característica sonrisa: “Muy bien, entonces les mostraré que yo tampoco puedo”. Grieg continua su relato del excitante momento:

“Admito que tomó la primera parte del concierto demasiado rápido, y por consiguiente sonó atropelladamente; sin embargo, después, una vez tuve la oportunidad de indicarle el tempo, tocó como solamente él puede hacerlo. Es significativo que la cadenza, la parte más difícil, fue lo que mejor interpretó. Contemplar su actuación es impagable. No contento con tocar, conversa y hace comentarios, dirigiendo brillantes observaciones a unos y otros, moviendo la cabeza a derecha e izquierda elocuentemente, particularmente cuando algo le complace. En el Adagio, y todavía más en el Finale, alcanzó un clímax tanto en la interpretación como en las alabanzas que profería”.

Si ya tiene mérito tocar esto a primera vista,
de hacerlo desde la partitura manuscrita ya ni hablamos.


Liszt encandiló a la privilegiada audiencia con una hazaña digna de admiración, pero Grieg de alguna manera consiguió tomarse una pequeña revancha por medio de su música.

“Nunca olvidaré un acontecimiento realmente sublime. Hacia el final del Finale el segundo tema es, como quizá recordéis, repetido en un poderoso fortissimo. En los últimos compases, cuando en los primeros tresillos la primera nota se cambia en la orquesta de un sol sostenido a un sol, mientras la parte del piano, en una tremenda escala, se precipita salvajemente a lo largo de todo el teclado, [Liszt] se paró súbitamente, se puso en pie, dejó el piano, y con grandes y teatrales zancadas y con los brazos en alto caminó a través del largo salón del claustro al mismo tiempo literalmente bramando el tema. Cuando llegó al sol en cuestión extendió sus brazos imperiosamente y exclamó: “¡Sol, sol, no sol sostenido!¡Espléndido!”[1] 
El fragmento en cuestión, con la parte de la orquesta
 reducida en el sistema inferior

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Aunque me gusta esta anécdota he de reconocer que me resulta sorprendente la supuesta reacción de Liszt. Ciertamente la introducción del sol natural en el pasaje es un detalle magistral: al llegar a la cadencia Grieg anula la esperada sensible en un acorde sobre la dominante, convirtiendo el acorde en menor, produciendo así un sugerente color modal (mixolidio).






Sin embargo, es curioso que Liszt no se percatase de que eso mismo ya había ocurrido antes en el mismo movimiento, durante la primera presentación del segundo tema. Este tema aparece entonces en Fa Mayor, primeramente armonizado de manera diatónica, en cuyo caso el acorde sobre la dominante  emplea la correspondiente sensible de la tonalidad como tercera. 

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Poco más adelante vuelve a  aparecer, ahora sí, con la séptima efectivamente rebajada (en este caso mi bemol) como en el pasaje del final del concierto.

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Por otra parte, el uso de giros modales no debería sorprender tanto a Liszt ya que él mismo los empleaba en sus propias composiciones, especialmente en aquellas de carácter religioso.

Cabe la posibilidad de que lo que realmente cogió por sorpresa a Liszt fuera que Grieg emplease el sol natural también en la escala del piano, ya que las anteriores escalas que aparecen en el movimiento, siendo también sobre la dominante, sí que incluyen el sol sostenido.
En cualquier caso, el mero cambio de una nota se mostró como un efectivo golpe de efecto.

Escalas sobre la dominante con su correspondiente sensible
en fragmentos anteriores del movimiento, en la menor



Por cierto, ¿a alguien más el pasaje en cuestión le recuerda a esto de Moby?




[1] Curiosamente este párrafo no aparece en la carta manuscrita original (p. 4), aunque es citado como si fuera parte de la misma en Grieg and his music de Henry T. Fink (de donde lo he traducido)    y  en Edvard Grieg og hans værker : et festskrifti anledning af hans 60rige fødselsdag de G. R. Schjelderup, entre otros. En la introducción de su texto, Fink relata el proceso de documentación del mismo, que le llevó a ponerse en contacto con el compositor. En la correspondencia que intercambiaron, Grieg comenta que la carta a sus padres en la que hablaba de Liszt había ido publicada en 1892 en un libro conmemorativo de sus bodas de plata. Lamentablemente no he podido localizar esa fuente.
Por lo visto, el texto extendido tal y como lo publicó Fink en su libro fue leído por Grieg, quien dio su aprobación (“He leído de nuevo el libro con detenimiento (…) Todo el libro respira simpatía y amor por mi arte, y ha hecho un uso excelente del material”, citado por Fink, p. xxx). Mi conjetura es que quizá este fragmento fue añadido en la publicación de 1892 como comentario a la carta. Bueno, eso o que alguien nos la lleva colando desde hace más de cien años…

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